Cuatro vidas en una sola pasión
José Mujica pronuncia un discurso durante una manifestación en Buenos Aires el 10 de septiembre de 2009 (AFP)
Quien resiste, gana, decía Camilo José Cela. Pepe Mújica resistió lo increíble, más allá de toda lógica. Su cuerpo, completamente devastado, descansa por fin debajo de su árbol secuoya junto su perro de tres patas. Un manto de barro cubre su humilde tumba.
La movilización mediática ha sido brutal tras su esperada muerte.
Él había dicho “Yo no quiero que me recuerden. Si pudiera elegir, lo que quiero es que se olviden. Hay que servir para abono y no para estorbo”. No le han hecho mucho caso. Está claro que va a ser un abono mental para el imaginario colectivo de muchas generaciones, porque tenía una rara coherencia en un mundo incoherente.
Dicen que tuvo cuatro vidas. Hace cincuenta años recibió seis balazos, que le destrozaron varios órganos. Le salvó un médico simpatizante de los tupas que se empeñó en no darlo por muerto.
Durante más de diez años estuvo confinado en un pozo de poco más de un metro cuadrado. Hablaba con las ranas y bebía su propia orina. Enfermó gravemente y perdió un riñón, pero decía que salió del agujero más sabio.
En 2.010 fue elegido presidente de Uruguay con el 55% de los votos. Su primer discurso como senador lo dedicó a las vacas. “Yo me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo”. Vivió como si fuera inmortal y casi lo consigue. Cuando el cáncer lo derrotó, a los 89 años, dijo que estaba bien. “Nadie es más que nadie. Que nadie quede atrás”, decía.
Muy tozudo y muy simple en su discurso, que no era discurso, sino con frecuencia chuscos consejos de anciano. Su pasión fue luchar por causas solidarias, pero sin rencores ni aspavientos, con lo que quebró muchos esquemas instalados en la izquierda más dogmática. Sigue de plena actualidad.
“La justicia tiene un hedor a venganza de la puta madre que lo parió”, dijo en una entrevista. “Yo pertenezco a una generación que pensaba que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina, mi juventud pertenece al mundo de la ilusión”. El espejismo se esfumó, pero la esperanza no.
Su paso del rio fue cuando se dio cuenta de que “la cuestión cultural era más importante que la cuestión material”. “Si no hay cambio cultural no hay cambio”. “El hombre es el problema, pero también la esperanza”.
Los hombres como José Mujica son la luz que nos alumbra desde su humilde tumba en su chacra, junto a su perro cojo.
