Hacemos conferencias y reuniones internacionales sobre el calentamiento global y está muy bien. Pero deberíamos hacerlas también sobre un tema poco debatido y bastante ignorado que es la desigualdad económica.

No es igual en todos los países, EEUU tiene una de los mayores índices. Un dato reciente: los seis herederos de los hermanos Sam y James Walton, fundadores de Walmart, tienen una fortuna estimada en 115.000 millones de dólares, que es el ingreso del 40% inferior de toda la población de Estados Unidos combinada.

El 1% superior de los multimillonarios posee dos quintas partes de la riqueza total.

Esa desigualdad produce aberraciones y creciente descontento social que dan lugar a fenómenos como votar a un loco narcisista como Trump nada menos que para presidir la primera potencia mundial. Pavoroso.

Además, los milmillonarios defienden sus fortunas condicionando la evolución política a sus intereses, influyendo en los medios de comunicación.

La polarización mediática disuelve la confianza en las instituciones democráticas y los procesos de dialogo social, acercando a las sociedades al colapso del pacto social.

El debate en redes tiende a los discursos de odio, desinformación y tribalismo digital. Este fenómeno se ha acentuado desde 2025, de forma clara y preocupante. Los algoritmos priorizan el contenido emocional y polémico hasta desatar una verdadera “guerra de identidades”.

Los medios de comunicación deben tener esto muy en cuenta para intentar frenar esta peligrosa deriva.

Los más afectados son los jóvenes y los trabajadores poco cualificados.

Se acentúa la polarización entre las ciudades, que concentran empleo y servicios, y las regiones rurales que se despueblan.

En España, muy dependiente del turismo, se enfrenta de manera creciente al fenómeno de la masificación de visitantes. Estamos matando a la “gallina de los huevos de oro”.

Deberíamos preocuparnos en que los gobiernos se esfuercen a nivel global por frenar esta escalada de desigualdad económica y social que estamos padeciendo. Podemos despertar de este sueño de crecimiento desigual sin final, cuando nos abrace la pesadilla que ya será demasiado tarde para arreglarlo.