La que fuera potente industria española del automóvil está amenazada
Mucho ha llovido desde que en España apareció el primer 600 de fabricación propia, copia del mismo modelo Fiat.
Poco a poco se fue construyendo una industria potente y competitiva, que exportaba una buena parte de su producción. Mantiene un volumen de empleo cercano a las 567.000 personas, una fuente esencial para nuestra economía.
Pero la acechan sombras de gran calado. La transición al vehículo eléctrico y conectado está lejos de estar resuelto. La pérdida de competitividad de costes, la debilidad de la demanda europea, la competencia china y la lentitud de las políticas de infraestructuras que debe acompañar al cambio amenazan su futuro.
Los vehículos europeos siguen siendo sensiblemente más caros que los modelos chinos, pese a los aranceles. Las plantas españolas ya están ajustando sus ritmos de producción, pero es claramente insuficiente.
Los estudios sindicales ya nos advierten que la necesaria reconversión exige un gran esfuerzo de formación. El ejemplo de Alemania es muy expresivo: la industria automotriz sigue siendo con diferencia el sector industrial más importante, dando empleo a 770.000 personas. Pero hay fundadas advertencias de que podrían llegar a perderse 300.000 empleos para el año 2030. Y eso que los coches alemanes siguen teniendo una brillante imagen de marca y prestigio.
La Unión Europea ha empezado a tomar cartas en el asunto, pero no es fácil contrarrestar la ofensiva china, que se ha lanzado a colonizar las ventas en multitud de países.
Su marca BYD (1) está levantando una planta que será más grande que la ciudad estadounidense de San Francisco. Montan fuera coches chinos con componentes chinos y personal chino. Y con ayudas públicas asiáticas. Mucho tendremos que espabilarnos y a un ritmo fulgurante.
