“Para matar al ruiseñor han venido diez mil hombres armados de lucientes cuchillos”, escribió el poeta.

El último acorde, el sonido final, era un pez saliendo del agua, apenas audible. Pídele al pez que describa el mar.

Si el arte es un plátano sujeto con un esparadrapo a la pared, entonces todos somos artistas y no existe el arte.

Nadie puede habitar el olvido. Si ahora todo lo que existe, todo lo creado, está a un click de distancia, todo el universo está suspendido en la gota de polvo que resume el lugar del olvido.

“La creatividad es contagiosa, contágiala”, escribió un tal Albert Einstein.

La destartalada silla del artista es un potro de eterna tortura. ¿Cómo podemos desaprender hasta que no quede nada y entonces el gato finalmente está vivo y muerto a la vez?

Ahora que lo analógico está enredado con lo digital, ¿Qué estás mirando, tramposo pintor del vacío? El rabioso rojo bermellón que tienes en la paleta, déjalo caer al suelo. La mancha será el principio de la economía creativa. ¡Al fin!