No queda mucho, es cierto. Aquel hombre que amaba el deporte, que le gustaba nadar hasta perder de vista la costa, con un relativo riesgo calculado, es hoy un anciano que va a cumplir 80 años y ya le tiemblan ligeramente las manos.

Aquel que dirigía redacciones bien nutridas, hoy escribe en la soledad de su estudio pegado a la estufa.

El insidioso frio de diciembre le penetra como nieve inmisericorde, pero la belleza del presentido manto pone en su boca una sonrisa de cálidos recuerdos.

Ha sido una buena vida, piensa. Tiene dos hijos como dos faros en la niebla y no añora los nietos que no conocerá. Y la inmerecida suerte de una compañera en cuya cama entra cada noche como un sortilegio, para dormir en paz en pocos segundos, hasta que la luz del incierto día entre por la ventana.

Entonces se pegará con gran cuidado para no despertarla y escuchará su respiración tenue y sincopada como una oración sin palabras.

Entonces pensará que la vida es “corta, pobre y sombría”, pero es también un piélago de mares en calma, que baja desde las cumbres hacia las verdes llanuras, para dejarse llevar hasta el punto en el que el agua se mezcla con la sal de la vida.

No es mucho lo que queda de mí, es muy cierto. Pero la amarilla hoja que se obstina en aferrarse a la rama, sabiendo su próximo destino, anuncia primaveras sin cuento que el anciano seguramente no conocerá. No importa. Lo que queda de mí, siendo muy poco, ya es para siempre. Gracias y así sea.