Es hache del verbo hacer. La idea de que el amor viene con música de violines y acompasada danza no solo es falsa, engañosa, es un peligroso espejismo.

El verdadero amor viene generalmente de puntillas, sin hacer ruido, poco a poco.

Hay que trabajar mucho, cambiar tu mirada, ver la belleza que tu corazón ha susurrado a tu oído, ver en sus surcos y cicatrices la hondura de la vida, no la suya sino de todos los seres que habitan esta mota de polvo suspendida entre galaxias.

Desafiar al frio de los bosques y la oscuridad de la noche. Tomar su mano hasta que en lo más recóndito de su palma se vaya abriendo paso una certeza que no proviene de su caliente sangre sino de un misterio sin nombre, sin orillas, la extraña aventura humana.

No esperes un cómodo acomodo, ni una playa, tan solo quizás, con mucha suerte, el susurro de un viento que viene de muy lejos, entre tenebrosas ruinas de civilizaciones desaparecidas.

Disponte a una ardua tarea, un trabajo sin final ni descanso, como el nigromante que una y otra vez ensaya en sus retortas la fórmula secreta que tornará en oro el sucio barro del trillado camino a ninguna parte.

No te dejes engañar, es un trabajo muy solitario, como tratar de alcanzar las titilantes estrellas tumbado en un paraje inhabitado. No esperes recompensa. Pero puedes atisbar, sin mirarla de frente, la huidiza silueta de la PAZ.

Miguel Ormaetxea, día de Reyes de 2026.