Nuestra foto de portada representa a dos generaciones distintas y en países de culturas diferentes en las que el periodismo es el eje vertebrador de la sociedad
Hace unos 45 años que trabajo como periodista. He sido director de medios en papel y digitales en numerosas ocasiones. Pero mi percepción sobre mi trabajo se tambalea cuando veo un año más el “Informe Anual de la Profesión Periodística 2025” que acaba de presentar la Asociación de la Prensa de Madrid.
Refleja una brutal desconfianza hacia nuestro trabajo por parte de la sociedad. Algo hemos hecho mal, muy mal, y no podemos pasarlo por alto o minimizarlo. Los ciudadanos califican con un 5,4 la confianza en la información de los medios, la nota más baja desde hace años.
Para los jóvenes, un colaborador no periodista de un medio (29%) y una fuente directa en redes sociales (28%) generan más credibilidad y confianza que los periodistas. (23%).
El 82% de los propios periodistas consideran que la población tiene una opinión negativa sobre su labor.
¿Cómo hemos caído tan bajo?
Las razones del problema son múltiples, pero todas ahondan la raíz del problema. El periodismo tiene un aura llamémosla romántica que ha sido su perdición. Por eso las facultades y escuelas que enseñan esta profesión está repletas de aspirantes, en contra de la evidencia palmaria de su precariedad laboral, el abultado paro, el subempleo, y un largo etcétera.
Tal vez algo de culpa tienen personalidades destacadas como García Márquez (1) que ha predicado siempre que esta es “la mejor profesión del mundo”.
Muchos periodistas tenemos la nefasta costumbre de un cierto narcisismo, que alimentan numerosos tertulianos y encumbrados personajes de las televisiones.
El informe que he mencionado es una brutal bajada a la verdadera realidad. Hay mucho barro en la tierra, y mancha, pero el mejor periodismo está hecho de barro. A veces mezclado con sangre, como en Gaza, por poner un ejemplo.
