Nuestra foto de portada nos muestra la frontera aún desconocida entre la capacidad humana y la máquina llevada al límite en una partida de ajedrez
Parece que de los perdedores nadie se acuerda. Mal hecho. Ellos en verdad son la sal de la historia. Porque los perdedores somos todos, esa es la oculta verdad que nos escamotean, pues tamaña patraña sostiene el mundo con frágiles hilos negros.
Todas las realizaciones del género humano se han basado en la colaboración mutua. Y para colaborar, especialmente en gran escala, se necesita que muchos colaboren durante mucho tiempo.
El judío Harari ha sido tal vez el que más ha escrito sobre esto, con una brillante perspectiva de siglos. Para el gran trabajo de colaborar, en pocos o millones de humanos, se necesita una creencia que los una. Esas creencias surgen generalmente de un pequeño señuelo, una ilusión, tal vez un hombre errante que solo tiene una túnica. A veces, le tiran piedras, a veces le crucifican.
Y un tiempo más tarde, esa ilusión se extiende por el mundo como una marea implacable. Se forman imperios, civilizaciones, imponentes estructuras, templos y palacios. Ese perdedor martirizado y masacrado se convierte en algo imperecedero y soberano.
Ahora tenemos herramientas capaces de fabricar ilusiones, señuelos, creencias, en una abrir y cerrar de ojos. Y las pueden hacer casi cualquiera. Se llama Inteligencia Artificial.
Es mucho más que una herramienta técnica, es un cambio de paradigma.
Y aunque mucho se especula, lo cierto es que aún no sabemos casi nada. Estamos al principio, como el hombre de la túnica. La túnica es ahora un algoritmo. Habrá que tener mucho cuidado con lo que nos devuelva el espejo. Los perdedores de ayer pueden ser los reyes del mañana. Y no sabemos casi nada.

Precioso el «Elogio de los Perdedores». El de la túnica bien lo dijo….
Un artículo profundo y como siempre, muy profesional.
Últimamente tus noticias tienen un toque de poesía. Enhorabuena!!