Los ganadores son muy pocos en cualquier época. Los perdedores son legión.

En la inmensa mayoría de los casos los perdedores no lo son por culpas propias sino por azar. Les ha tocado en esa especia de sorteo que es la vida.

Los “humillados y ofendidos” (1) que ha descrito uno de los mayores escritores de la historia, es el sustrato que forma la historia, el suelo, la tierra, la gleba, el agua fría que discurre entre guijarros y barro.

Yertos de frio, acurrucados y apretados junto a un fuego declinante, esperan la guadaña que les libre de este mal sueño. Son una inmensa legión, inacabable, un cortejo oscuro y doliente.

Tengo claro que cuando a una persona se la “etiqueta” como perdedora, termina teniendo un impacto psicológico profundo que no es gratuito: afecta en sus emociones y en su baja autoestima.

Además, esta actitud hacia personas que ya son vulnerables, abre el camino al rechazo social y a diferentes niveles de estigmatización en la sociedad. Termina afectando de manera permanente la vida de estas personas, arrinconándolas y privándolas de una posible salida de este estado, que, aunque la gran mayoría los sufre en silencio, desean salir de él.

Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar que ellos son la sal de la vida.

Alzo mi copa y abro un espacio a mi derecha, un hueco solidario, para sentir que no estoy solo, que no están solos, definitivamente. Salve!

(1) El escritor ruso Fiódor Dostoyevski (1821-1881) es quien acuñó y desarrolló el concepto de los “humillados y ofendidos”. Publicó una famosa novela con ese mismo título en 1861, la cual narra la vida de personas pobres, marginadas y vulnerables en San Petersburgo, explorando temas como la bondad, el perdón y la soberbia