El nuevo poder global

Está formándose un nuevo poder global sin precedentes. Está constituido por personas muy ricas, multimillonarios, que acumulan fortunas sin precedentes y actúan de manera convergente, influyendo de manera salvaje en las sociedades democráticas.

No buscan incrementar tanto sus riquezas como determinar la marcha y el destino de esas comunidades.

Tienen un inmenso poder sobre los medios de comunicación y sobre todos los parámetros que conforman las opiniones públicas. Consideran que la humanidad está en una fase muy delicada, con la entrada de la Inteligencia Artificial y la computación cuántica. Quieren tutelar ese proceso, dejando de lado de alguna manera la tradicional manera de gobernanza global. Veámoslo con más detalle:

En el siglo XXI, los superricos se han convertido en una élite de poder sin precedentes. No se trata solo de quienes poseen fortunas colosales, sino de actores con una capacidad de influencia que abarca la economía, la política, la cultura y hasta el rumbo tecnológico de la humanidad.

Según los últimos informes de Credit Suisse y Oxfam, menos del 1% de la población controla más del 45% de la riqueza mundial. Esa concentración refleja no solo una brecha económica, sino una estructura de poder profundamente asimétrica que redefine la noción misma de soberanía y ciudadanía.

Los superricos no necesitan ocupar cargos públicos para condicionar las decisiones políticas: su capacidad de financiación de campañas, think tanks y medios les permite moldear la opinión pública y, por extensión, el marco de las decisiones gubernamentales.

En Estados Unidos, nombres como Elon Musk, Jeff Bezos o Larry Fink (BlackRock) ilustran la fusión entre poder financiero, tecnológico y comunicativo. En Europa, figuras como Bernard Arnault o Amancio Ortega muestran cómo la influencia privada puede extenderse a ámbitos tan diversos como el urbanismo, el arte o la filantropía.

La filantropía, de hecho, se ha transformado en una nueva forma de legitimación: fundaciones y donaciones multimillonarias funcionan como operaciones de imagen que disimulan, bajo el barniz del altruismo, una gestión privada del bien común.

En este contexto, la frontera entre Estado y mercado se diluye. Los superricos operan en un territorio transnacional que les permite jugar con las brechas fiscales y normativas de cada país.

Mediante estructuras financieras y paraísos fiscales, la riqueza fluye donde menos impuestos se pagan y más rentabilidad se obtiene. Así, mientras las clases medias y bajas sostienen las infraestructuras nacionales con su tributación, los grandes patrimonios gestionan su fortuna como una esfera autónoma, casi inmune a las reglas democráticas. Este fenómeno ha erosionado la legitimidad del contrato social que sostenía las democracias liberales.

El impulso irrefrenable de los superricos por acumular más riqueza no responde solo a la avaricia; está guiado por una lógica estructural. El capitalismo global premia la concentración: quien dispone de información, capital y tecnología obtiene rendimientos exponenciales.

Las grandes fortunas ya no se acumulan principalmente a través de la producción o el comercio, sino del control de plataformas, datos e intangibles. Las métricas del éxito se miden hoy en términos de monopolio digital: quien domina una red —sea social, logística o energética— domina una porción del tiempo y la atención de millones de personas. Este nuevo tipo de poder produce dinero incluso mientras duerme: los algoritmos trabajan sin descanso.

Pero hay también un trasfondo psicológico y cultural. Los superricos son producto de una civilización que asocia el valor personal al éxito económico. En esa lógica, dejar de crecer equivale a perder. De ahí la obsesión por ampliar constantemente el patrimonio: no solo para mantener una posición, sino para alimentar un relato de superioridad moral y visionaria.

La riqueza funciona como narrativa de victoria, y ese relato permea las estructuras ideológicas del mundo contemporáneo. En el fondo, los superricos no solo acumulan bienes, sino símbolos de poder, de distinción y de trascendencia. La fortuna se convierte en una forma de inmortalidad secular.

Este impulso perpetuo tiene consecuencias estructurales evidentes. La concentración del capital reduce la competencia y sofoca la innovación fuera de los grandes polos de poder.

Además, alimenta una desigualdad que erosiona la confianza social y destruye los mecanismos de redistribución. No es casual que en los últimos años hayan surgido debates sobre la renta básica, los impuestos al patrimonio o la nacionalización de sectores estratégicos.

Frente a ello, los superricos suelen responder con movimientos estratégicos que suavizan la crítica sin alterar el fondo: donaciones a universidades, proyectos de energía verde, o discursos sobre el cambio climático que, sin embargo, no modifican su propio modelo extractivo.

La nueva aristocracia global, aunque a menudo tecnológicamente sofisticada y autodefinida como meritocrática, reproduce la vieja lógica feudal: pocos poseen mucho, y muchos dependen de los pocos.

La diferencia es que hoy el poder no se basa en la tierra, sino en la información, los algoritmos y los activos financieros. El feudo contemporáneo es el mercado digital y la servidumbre adopta la forma de dependencia tecnológica.

La concentración de riqueza es también una concentración de realidad: los superricos definen qué es visible, qué se investiga, qué se financia y qué se calla.

Si el siglo XIX se estructuró en torno a la lucha de clases, el XXI parece configurarse como lucha por la atención y el control de los recursos planetarios. Frente a ese escenario, las democracias corren el riesgo de volverse decorativas: instituciones simbólicas cuyo margen de maniobra se reduce por la presión de intereses privados transnacionales. La acumulación sin límite se vuelve, entonces, una forma de dominación silenciosa y persistente.

El reto, quizás, consiste en imaginar un nuevo pacto social planetario que reequilibre el poder económico con el bien común. De lo contrario, el mundo seguirá dividido entre quienes acumulan riqueza hasta moldear el destino de los demás y quienes, desde abajo, intentan sobrevivir en un sistema que solo a unos pocos considera verdaderamente libres.