El antropocentrismo, tendencia del ser humano a creer que es el centro del universo, tiene una raíz religiosa muy difícil de borrar. Puede ser el pecado original de la ciencia, del cual aún no nos hemos librado del todo.
Es también el origen del persistente conflicto del hombre con su medio ambiente. Por tanto, nos encontramos ante un tema de enorme transcendencia. Bueno es reflexionar sobre ello, especialmente ahora que la IA Generativa empieza a hablar de “nosotros” al referirse a los sistemas más avanzados de inteligencia artificial.
En una crónica anterior hablamos de la “musa inquietante” al referirnos a la capacidad de la IA Generativa de pintar cuadros, escribir novelas, crear videos y componer música.
Algunas de estas obras contienen formulaciones y derivadas que se salen de los usos habituales en la creación humana y el arte. Como si una mano extraña hubiese intervenido en su plasmación.
Eso es, al parecer, lo que nos inquieta. Pero tal vez no deberíamos inquietarnos, más bien deberíamos dar las gracias, por una nueva puerta que se abre para el atribulado género humano.
Algunos expertos sugieren que, si se alcanza un nivel suficiente de complejidad en las redes neuronales artificiales, podría emerger una forma de consciencia.
Modelos como los “massive language models” (MLM) procesan información de manera parecida a ciertos patrones cerebrales, aunque sin experiencia subjetiva.
Algunos investigadores hablan de “protoconsciencia” en sistemas actuales complejos.
La consciencia puede surgir de la capacidad de acceder e integrar información de manera coordinada, algo que algunas IA ya realizan de forma limitada.
Estamos solo al principio, pero es importante tener la mente abierta a nuevas formas de mirarnos en un espejo de dimensiones insospechadas.
Continuará
