El famoso índice Gini, la métrica más habitual para medir la desigualdad de ingresos en el mundo, es un delator implacable, pero los medios lo ningunean y las opiniones públicas tienden a considerarlo un tema técnico, propio de universidades y gabinetes de estudios.
Parece que “huele” a ONGs progres, a sospechoso rojerío. Sin embargo, explica en profundidad la restallante iniquidad del mundo que habitamos, las raíces profundas, los orígenes de la devastación.
Es más fácil y vende mejor sacar las fotos de los niños en horrible disputa de un cuenco de comida, los cadáveres envueltos en blancas sábanas, las madres y padres desesperados, sus gritos y las ruinas de Gaza, que intentar buscar las oscuras causas profundas de un estado de cosas milenario, como si las injusticias que constituyen el armazón del mundo fuesen algo así como la salida del sol y la luna, circunstancias sobre las que nada podemos hacer. Pero podemos. Y mucho.
Lo primero que podemos y debemos hacer es no dejar que nos duerman con cuentos, como reclamaba el poeta León Felipe. Las causas de la desigualdad no están en que unos pocos trabajen duramente y otros duerman siestas, como nos quiere hacer creer el capitalismo más grosero y palmario.
Es mucho más complejo y habita en los oscuros pasillos de fenómenos como por ejemplo la inflación y sus causas, las dictaduras más o menos disfrazadas de posiciones políticas, derecha e izquierda, cuando el centro es tal vez la posición que ayuda a esclarecer el escenario. Si la gente no sabe bien lo que vota es mucho más fácil de manejar. Quitemos los ropajes del guiñol.
Los datos más recientes: el año pasado, el 1% más rico del planeta llegó a acumular el 63% de la riqueza mundial. Al mismo tiempo, la fortuna conjunta de los multimillonarios creció un 20% en solo un año, mientras centenares de millones de personas quedaron expuestas a la pobreza y a la inseguridad alimentaria tras la crisis inflacionaria mundial.
La concentración de riqueza extrema dificulta el crecimiento económico inclusivo y golpea la cohesión social.
En España hay 12,7 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión social. Nuestro país figura entre los países con mayor desigualdad en la renta disponible.
Según el índice Gini, España está en la posición 20 de 27 países, siendo la posición aún peor si se usa el criterio de concentración de renta en el 20% más rico, que quintuplica el ingreso del 20% más pobre. Pero los telediarios nos abruman con playas abarrotadas de familias felices.
Los pobres no salen en la tele. En 2021, la brecha entre ricos y pobres creció más que en lo últimos 13 años, según datos oficiales del INE y la Red Europea de Lucha Contra la Pobreza y la Exclusión Social.
Los últimos datos muestran que el 10% más rico vuelve a ser casi diez veces superior a la del 10% más pobre y los 30 milmillonarios españoles multiplicaron su riqueza por 11,8 sobre la del 10% más pobre.
Y eso con un Gobierno socialista, con subidas del salario mínimo, reducción de la jornada laboral y otras medidas extraordinarias. Con lo que se demuestra que las políticas de redistribución tienen un impacto muy limitado. Porque la desigualdad en estructuralmente muy elevada en España.
Esa es la trampa en el juego del “tocomocho”. Lo demás es mero “bla, bla, bla”, para los telediarios.
