Algunos lo llaman ”pensamiento excrementicio”, ideas muy arraigadas en la actual cultura humana, que son un lastre que acarrea grandes perjuicios, pero que persisten porque son el resultado de ideas obsoletas que se resisten a desaparecer.
La prohibición radical de las drogas se ha demostrado como un obcecado error. No solo no resuelve el problema, sino que lo ahonda y agrava.
Llevamos más de un siglo con esta política en Occidente y el resultado no puede ser más concluyente. El consumo no ha desaparecido, los mercados ilegales se han fortalecido y millones de vidas han sido arrasadas por la violencia, la marginación y la estigmatización social. La prohibición, más que resolver el problema, lo ha amplificado.
Está llegando la hora de regular con inteligencia y pragmatismo. Se trata de reconocer una realidad social y gestionarla adecuadamente.
Control sobre la producción, distribución y venta de sustancias. Prevenir, intervenir y acompañar en lugar de castigar.
Establecer estándares de pureza, límites de edad, etiquetado, impuestos y campañas de información.
Tenemos algunos ejemplos precursores que se han demostrado eficaces. Uruguay legalizó la marihuana bajo control estatal. Portugal despenalizó todas las drogas en 2001 y reforzó las políticas de salud pública con resultados alentadores, reducción del consumo, menor mortalidad por sobredosis y un descenso de la criminalidad asociada al tráfico.
España tiene un problema de gran envergadura al estar en una encrucijada de caminos. ¿A que estamos esperando?
