Hace 45 años que ejerzo de periodista, mejor o peor, eso no debo yo juzgarlo. Lo mío ha sido bastante vocacional, solo encontré mi sitio en una redacción. Fue en el diario “Alerta” de Santander.
Me mandaron a cubrir la inauguración de un silo de grano en el puerto. Se me ocurrió preguntar si aquel espanto de cemento no podría haberse diseñado un poco más acorde con el sitio y la rotunda belleza de la bahía. Me miraron como un bicho raro.
Tal vez mi carrera debió haber terminado allí. Pero la imagen de bicho raro me cuadraba. La redacción era una amalgama de bichos bastante raritos.
Estaba un viejo marinero, al que llamaban “EL Machinero”, que cubría la información del puerto y tomaba el pelo a todo el mundo. Había un tipo trajeado impecablemente que se llamaba Lorenzo Garza. Todos los días se inventaba una historia que llamaba “Argumento Breve”.
Entrabamos después de cenar y salíamos tarde, más por remolones que por el trabajo. Al lado en la calle de El Martillo había un tugurio que cerraba tarde, allí no encontrábamos la variada tropa del “Alerta”, periódico del Glorioso Movimiento del Caudillo Franco, del que nos descojonábamos a coro.
Un poco “rojos”, pero no lo sabíamos, lo fuimos aprendiendo más tarde, corriendo delante de los “grises” por la Avenida Complutense de Madrid. O cantando a coro “La Internacional”.
Luego he estado en muchas redacciones, en “5 Días”, en “La Gaceta de los Negocios”, “Dinero”, etc.
Me gustaba el ambiente un tanto caótico de las redacciones, en las que al principio no había casi mujeres y luego fueron aplastante mayoría.
Sigo escribiendo casi cada día, pero ahora lo hago mirando la sierra de Madrid, a solas con mi ordenador y con mis torpes dedos, que nunca se acostumbraron a escribir con un mínimo de soltura.
Al principio, la profesión de periodista estaba bastante cotizada. Al régimen le interesaba mimar a una profesión tan sensible. Pasamos una edad dorada. Se edificó la Ciudad de los Periodistas, con buenos pisos a precios asequibles, con sus piscinas y zonas deportivas.
Se crearon asociaciones profesionales que se financiaron holgadamente con ayudas y patrocinios. Hubo casi una estampida hacia escuelas y facultades. La masificación fue un letal veneno y el paro en la profesión se disparó.
Quiero hacer un inciso para honrar la memoria de un periodista gran emprendedor: Juan Pablo de Villanueva, que desgraciadamente ya no está entre nosotros. Fundó varios medios con talante innovador. Compró “La Gaceta de los Negocios” y “Dinero” y los relanzó. Una muerte temprana truncó su meritoria carrera.
Los medios de comunicación han sido tradicionalmente un imán para inversores con claro intento de influir en las opiniones públicas. Generalmente se saldaron con abundantes números rojos. Sería interesante escribir con cierto detalle esta etapa.
Un nuevo comienzo
Llegamos a la actualidad con un cambio de paradigma, del cual aún ignoramos su profundidad y desarrollo, pero no es aventurado predecir que tendrá enormes consecuencias.
La tecnología, con Google como ariete, ha entrado como un vendaval.
La información se ha convertido en una especie de materia prima de bajo coste. Y una inundación desoladora cubre la llamada Infosfera. Es muy difícil encontrar agua potable, cuando la necesitamos más que nunca.
La desinformación es una enfermedad muy grave que erosiona a las democracias.
¿Qué podemos hacer?
Tal vez volver a las esencias, a la información de calidad contrastada y solvente. Javier Cercas, ha publicado recientemente un libro muy oportuno titulado “El periódico de la democracia”. La democracia le debe bastante a “El País” (1), que va a celebrar el 50 aniversario de la aparición del medio.
En esta nueva etapa llena de acechanzas e incógnitas, necesitamos rabiosamente una inquebrantable vocación de independencia, con un muy firme compromiso con las libertades.
Necesitamos fundar el AÑO CERO DEL PERIODISMO. ¡Que así sea!
