Nuestra foto de portada es uno de los tantos momentos habituales en el que las personas disfrutan de una copa, que, aunque no corresponda a celebración alguna en ese instante, sí es un espacio temporal que nos damos para el disfrute, incluso, acompañar una conversación o en solitario, estar pensando qué es lo que vamos a hacer el próximo fin de semana.

Número cabalístico: 3.

Me despierto a las nueve en punto. Cris duerme a mi lado. Estiro una mano para ponerla sobre su hombro. Es curioso, tocarla me tranquiliza.

Quiero escribir, lo he estado dando vueltas en la noche, en un estado que suele ser bastante creativo.

He sobrepasado los 80 años y no lo pretendía, a diferencia de mi madre, que lo deseaba, pero no lo consiguió.

No me he cuidado mucho. Tengo un leve deterioro cognitivo que intento combatir con cierta disciplina de leer y escribir. Esto que estoy haciendo ahora me ayuda bastante, me centra, me concentra.

Faltan ocho días para mi cuarta boda, mi sentimiento hacia la novia es profundo y genuino. Y reciproco.

El novio está viejo, cojo, anda tambaleándose y a veces no sabe dónde está. Pero sigue adelante.

Como la prodigiosa madre que conduce la carreta en “Las uvas de la ira”, con personas medio destruidas que no saben a dónde van. Pero siguen.

Esa debe ser la esencia de la vida. La historia del llamado Homo Sapiens, que aún es poco sapiens. Sonrío. Adelante.

Pero me lo tomo muy en serio. Debo hacerlo. Mi primer deber es con la mujer que duerme a mi lado. Mis dos hijos, a los que quiero mucho, son ya mayores y tienen sus vidas. Sergio, el más pequeño, está haciendo un maravilloso viaje con su madre por Canadá. Ahora duerme frente a las cataratas del Niágara. Mi otro hijo, Marco, conduce un moderno coche con su compañera, Raquel, siguiendo al teatro, que era el oficio amado y practicado por su madre. La vida es curiosa.

Pero volvamos a los compromisos. Tengo una cierta querencia por el alcohol, que intento mantener a raya. Ya no me caigo al suelo, cuando se me enciende la luz roja, lo dejo sin dudarlo un minuto. No juego con eso.

Pero voy más allá: quiero dejar el jodido brebaje, el trago, sin contemplaciones. Voy a comprar Coca-Cola sin nada, agua con gas, y cosas parecidas, porque tener a mi lado un vaso es casi una prolongación de mi mano.

He conocido a algunos periodistas y escritores que practicaban la flexión de codo y la barra libre con brillante talento unido al trago.

Es una imagen muy arraigada en mi vida, las redacciones bulliciosas y amigables, que ya son solo un residuo del pasado. No olvido a la chica que se sentaba delante de mi mesa y me pedía perdón por enseñarme las bragas. ¡Qué cosas!

Rindo homenaje a algunos periodistas de pura raza que se están desvaneciendo doblegados por las pantallas de sus móviles. Y está por ver si darán testimonio de su mundo y su época con la fidelidad entregada de Kapusinki o Leguineche.

¿Aguantarán el frio de las fogatas en la noche para oír las historias de los enamorados de la muerte? Cosas así no las escriben la Inteligencia Artificial por muy avanzada que esté.

(Continuará)