Nuestra foto de portada nos muestra un pontiac y autobús retro en las calles de Cuba, encarnando un encanto nostálgico
Esto es hoy día Cuba, tras las arengas de un tal Fidel Castro.
El país caribeño estaba a la cabeza de la riqueza per cápita de América Latina y hoy está a la cola. A finales de agosto de 2026, la situación en Cuba se describe como una de las crisis más severas de su historia moderna, resultado de haberse producido de manera simultánea (con los espacios de tiempo que no da opción a respiro) un colapso energético, una inflación galopante y el desplome de sectores clave que ha llevado al país a un estado crítico.

Solo si repasamos los principales indicadores macroeconómicos, por ejemplo, el PIB, CEPAL estima una contracción de entre el 10,3% y el 15% para 2026, la cifra más baja de toda la región. En cuanto a los niveles de inflación y pobreza, la primera ha marcado un interanual de 20,7% el pasado julio derivado principalmente del incremento del precio de los alimentos.
Y más allá del impacto macroeconómico y social, lo que realmente asusta es que según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), el 94% de la población vive en condiciones de pobreza extrema, con un 68% de los hogares percibiendo menos de 30 dólares al mes.

Es el resultado funesto de la demagogia que jalearon una buena parte de los intelectuales de izquierda de una gran parte del mundo.
Es por ello que la pregunta que debemos formularnos es ¿por qué izquierda política tanto europea como latinoamericana siguieron admirando al régimen cubano a pesar de su fracaso social y económico?
Es un tema complejo de responder desde el punto de vista doctrinario, porque lo que siempre ha prevalecido, es la ideología. Esto deriva de una persistencia de ciertos sectores de la izquierda en seguir admirando el régimen cubano, a pesar de la profunda crisis económica y social descrita, lo cual lo convierte en un fenómeno único que muestra a Cuba no solo como un país, sino un símbolo universal de resistencia.

Evidentemente aquella imagen de un pequeño grupo de barbudos derrocando a una dictadura de Batista apoyada por Estados Unidos y luego resistiendo a la mayor potencia del mundo a escasas millas de su costa, posee una carga romántica e inspiradora.
Esto ha llevado a una situación casi novelesca en la que, cuando “haces una crítica a Cuba” para una gran mayoría de la izquierda es una clara traición a las raíces revolucionarias, cuya fuente de inspiración de los años 50 y 60 del siglo pasado no dejan más que ser el guion de un filme en el que se enfrenta la lucha revolucionaria al eterno imperialismo.
Pero, además, los defensores del régimen argumentan que el bloqueo de parte de Estados Unidos a Cuba lo único que ha logrado es hacer que se siga sosteniendo que “el socialismo no ha fallado en Cuba, sino que no se le ha dejado existir”.
La oposición intelectual al régimen de los Castro ha sido vasta y diversa. Es importante notar que muchos intelectuales inicialmente apoyaron la Revolución en 1959 (viendo en ella una promesa democrática contra la dictadura de Batista), pero se convirtieron en feroces críticos en cuanto el proceso se tornó autoritario y pro-soviético. Entre los intelectuales que forman parte de la llamada “ruptura temprana” destacamos a Guillermo Cabrera Infante, Gastón Baquero y Lydia Cabrera, así como las que fueron víctimas de una persecución ideológica como Reinaldo Arenas y Heberto Padilla.
Pero siempre en todos los sistemas autocráticos encontramos denominadores comunes a lo largo de la historia. En el caso cubano, a pesar de sus respectivas ideologías, fueran liberales, católicos o incluso que pertenecieran a las filas de la izquierda democrática, todos ellos han coincidido en que el régimen de Castro sustituyó la creación intelectual por la propaganda política, obligando al pensador a elegir entre la obediencia, el silencio, la cárcel o el destierro.
Los que niegan esta realidad es que no la quieren ver o… expresamente pretenden retorcer el largo e inapelable camino de la historia.
