Tengo la inmerecida suerte de tener a mi alrededor gente bastante extraordinaria. Creo que toda persona es extraordinaria si profundizamos un poco
No queda mucho, es cierto. Acabo de cumplir 80 años, muy vividos. Empiezo dando gracias. Gracias a la vida, que he vivido a dentelladas.
Con hambre, con curiosidad, con una chispa de valor tal vez. No veo por la mitad del ojo izquierdo, mis L2 y L3 están algo oxidadas, ando con dificultad y bastón.
Tengo un poco de deterioro cognitivo que combato con cierta disciplina a base de leer y escribir todos los días, aunque sea solo un poco. Como ahora.
Tengo la inmerecida suerte de tener a mi alrededor gente bastante extraordinaria. Creo que toda persona es extraordinaria si profundizamos un poco. Pero nadie es una isla. Somos el resultado de una sucesión inacabable de interacciones.
Tengo dos estupendos hijos, lo mejor de mi vida, junto con sus madres. Una ya no está, pero la saludo cada mañana. Su fuerza, su valor y su ejemplo me ayudan cada día a seguir viviendo, aún con un cansancio que me parece de siglos. Pero miro desde la terraza el valle de Guadarrama y su belleza me refresca una existencia de ocho décadas.
Estiro mi mano para encontrar otra cálida mano que me acoge y me transmite retazos de su fértil existencia, con dos hijas leonesas de adopción, sus nietos, sus luchas. ¡Que ancha familia! Mi mujer, mi compañera, mi lazarillo, mi sostén…
Otra madre es esencial en mi vida, juntos sacamos a un niño pelirrojo del frio y ese luciente color ilumina mi vida más que la luna y el sol juntos. Gracias, gracias Maite, tienes mi mismísima vida a tu lado, cuídalo mucho, aunque ya sé que no necesitas de mi aliento.
Marco, te recuerdo para siempre acompañándome a tomar unas cañas al bar de al lado. Siempre, siempre, estarás en esa barra de Los Lagartos. Disfruta con tu compañera de esa playa de Gijón, deja tus huellas en esa arena y su frescor vivificante llegará hasta mí.
Algo me dice desde lo más profundo de mi agitada vida que tengo mucha tarea por delante, que no he escrito aun lo que debo.
Sí, no queda mucho de mí, pero queda un amado deber, acompañar a la mucha gente que quiero, acompañar también las huellas de los que se fueron, hasta más allá de esta frágil y corta vida.
Vamos a ello.
(El Escorial. julio de 2026.)
