Nuestra foto de la izquierda, es la incansable mirada que echamos al horizonte, porque siempre nos parece distinto, como si lo descubriésemos en ese instante; la de la derecha, un momento en que la lectura nos sirve de escapismo de ese ritmo diario acelerado y aplastante

Hemos entrado en una era de infodemia, un exceso de información que produce una peligrosa desinformación.

Nuestras sociedades supuestamente democráticas precisan de buena información para tomar las mejores decisiones. Podemos comprobar que no estamos en el camino correcto.

Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor. Tal vez deberíamos ensayar otros métodos. Por ejemplo, el del viajero inmóvil. En un mundo que se mueve frenético en todas direcciones tal vez se nos escapa la dirección correcta: la quietud. ¡Qué momento más placentero cuando nos buscamos ese tiempo para leer un libro…al aire libre…disfrutando de la naturaleza!

Calma, serenidad, introspección, detenerse para mirar el horizonte con otra mirada. Y tal vez podremos percibir el sentido del tiovivo en el que estamos montados.

Hay un nuevo tipo de observador que es tan viejo como el mundo, como los conventos y monasterios en la terrible y oscura Edad Media.

Retiremos nuestras atribuladas mentes al silencio de la contemplación. Un estado de calma profunda donde la mente deja de analizar y las palabras ya no son necesarias. Cambiemos el verbo «hacer» por el de «estar». Es una pausa activa para observar, escuchar y conectar con la inmensidad de tu interior.

Rosalía de Castro (España) en un hermoso poema se refiere a la soledad con una imaginación que desborda:

“Un manso río, una vereda estrecha, un campo solitario y un pinar, y el viejo puente rústico y sencillo completando tan grata soledad. ¿Qué es soledad? Para llenar el mundo basta a veces un solo pensamiento”.

O Alfonsina Storni (Argentina) que dice:

“Quisiera esta tarde divina de octubre pasear por la orilla lejana del mar; que la arena de oro, y las aguas verdes, y los cielos puros me vieran pasar. Perder la mirada, distraídamente, perderla y que nunca la vuelva a encontrar: y, figura erguida, entre cielo y playa, sentirme el olvido perenne del mar”.

Enlacemos nuestras manos para mirar al cielo. Tal vez encontremos un rayo de luz, un amanecer insospechado.

Si alguien fuera de este planeta, esta diminuta mota azul perdida en una lejana galaxia, nos mira desde el espacio, que pueda percibir nuestra lucha precisamente en la serenidad de una paz buscada con compartido esfuerzo.