Nuestra foto de portada es una de esas típicas playas de ensueño de arena blanca que se sienten como talco de luna
Mi padre me inculcó el amor por el Caribe y América Latina. Me pagó un viaje a México.
En Acapulco no me atreví a bañarme por miedo a que me robasen la ropa. El Caribe me fascinó, sus playas muy blancas tenían la arena muy fina, como talco de luna. Había muchas conchas preciosas, cogí algunas y las tengo en el cuarto de baño, con clavos finos.
Vivo a mi pesar lejos del mar Cantábrico, donde nací. Echo mucho de menos sus olas restallantes contra los rompeolas. Y el faro de Cabo Mayor, que ahora es una sala de exposiciones. Pero a diferencia del bucanero ciego de Borges, que se refiere a su poema “Blind Pew” (publicado en el libro El hacedor de 1960), que retrata al famoso pirata ciego de la novela “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson, no me consuelo pensando que tengo un recóndito tesoro “en una hermosa playa de oro”.
Conozco a una guapa chica llamada Annerys, que me pone una cerveza muy fría con una sonrisa encantadora. Ella es del Caribe y escribo esto para ella. Al escribir pienso que ando descalzo por una playa y la luz deslumbrante del Caribe me refresca como el agua de azul añil, que también es conocido como índigo, es un colorante natural de un tono azul muy profundo e intenso que se extrae de las hojas de determinadas plantas e históricamente fue uno de los tintes más valiosos del mundo, conocido en América como el «oro azul».
¡Qué maravilla!
