Vicente Romero (1947) comenzó como periodista en el diario Pueblo donde trabajó desde 1968 a 1984 como corresponsal de guerra en la guerra de Vietnam, la guerra civil camboyana, crisis humanitarias en Mozambique, Sierra Leona, Somalia, Siria, antigua Yugoslavia, Irak, Afganistán… estando presente en todos los puntos de interés en los últimos cuarenta años. Ha trabajado en el área de Internacional de los servicios informativos de RTVE cuyos reportajes como enviado especial han tenido difusión tanto en programas de TVE, como Informe semanal, En portada, los Telediarios, o a través de RNE.
Me da un poco de vergüenza llamar colega a un periodista al que no llego a la suela de sus zapatos. Creo que es el profesional más destacado de su generación.
Diré en mi relativo descargo que estaba con él el lejano día en el que conoció a su mujer, Lorna, en la casa de un pobre tipo al que ella enseñaba inglés. Ella ya no está con nosotros, pero fue mucho más que su esposa, me parece a mí. No diré nada más, solo honro su memoria con mis pobres palabras.
Tengo abierto a mi lado uno de sus libros, “Habitaciones de soledad y miedo”, que es mucho más que “los entretelones del trabajo periodístico”, como dice la contraportada del libro mencionado. Es posible que la soledad sea hoy más profunda, inmersos de lleno en la actual sociedad digital de las pantallas. Pero esa es otra historia.
Detalla Vicente con minuciosa precisión una retahíla de hoteles y sus contextos. Pero esencialmente Romero nos brinda un caleidoscopio de personajes, algunos criminales y otros muchos perplejos ante lo absurdo de la condición humana, esa peripecia vieja de 4.000 años, que no logra despejar la gran incógnita de su sentido.
Pero nos deja un sólido resquicio de esperanza, mientras pululen por el ancho y ajeno mundo seres que busquen con ahínco verdades a veces escritas en lápidas mortuorias, la vieja estirpe de los periodistas de raza. Necesitamos muchos como él.
Tiene “baraka” Vicente Romero, ha salido vivo de numerosos encuentros con “La Pelona”, que dicen los mex. Algún dios desconocido le protege.
Descansa amigo. Ha pasado mucho tiempo desde que bajamos a la cueva de El Reguerillo con el carburo en el casco, buscando alguna luz en las tinieblas, reflejada en las milenarias oquedades.
Destaco otra notable habilidad de mi amigo, que siendo un progre rojo ha logrado mantenerse en un duro contexto conservador como la televisión española. Enhorabuena
