Por la zona de Caín en los Picos de Europa hay todavía una amplia trampa para lobos, llamada “El Chorco de los Lobos”. Desde la espesura del bosque, una empalizada, que empieza allí, conduce a los supuestos lobos hasta un despeñadero
Por esa extraña magia que a veces tiene el destino, o como lo queramos llamar, nací en la avenida de los Infantes en el Sardinero de Santander y vivo en la calle Infantes de El Escorial.
Han pasado cerca de 80 años. Hay una distancia de casi 400 kilómetros entre esas dos localidades. La primera está a 200 metros del mar Cantábrico. La segunda está en un paraje que escogió Felipe II, cerca del Monte Abantos, para edificar una maravilla arquitectónica que llamó Monasterio de El Escorial.
La casa en la que vivo con mi pareja Cristina está a unos mil metros de altura sobre el nivel del mar, en un alto con una magnífica vista sobre la sierra de Guadarrama.
Mi bisabuelo materno hizo fortuna en México y edificó por aquí un gran chalet que bautizó como El Tepeyac. Ese es un nombre nahualt que significa En Lo Alto.
Recuerdo con detalle la habitación en la que nací en el primer piso de El Tepeyac. Tenía una terraza con columnas que daba al jardín. Desde mi habitación veía pasar la luz del faro de Cabo Mayor y oír a lo lejos el rumor del mar.
Ahora, lejos del mar, como el bucanero ciego del poema de Borges, no tengo “un recóndito tesoro en una remota playa de oro”, pero tengo dos hijos preciosos y una compañera de oro.
Pero debo empezar por el principio: yo era el segundo hijo. Mi hermano mayor, Nacho, es un año y medio mayor que yo. Además, era muy bullicioso, llorón, reclamaba atención continua. Nadie me hacía caso a mí, pero mi madre me adoró desde el principio. Siempre había querido tener una hijita y yo era lo más parecido. Me llamaba “mi micailita”. Me ponía un pañuelo en la cabeza y me hacía representar el papel de hija.
Creo que aquella representación de alguna forma dejó huella en mí. Aún no sé bien en qué sentido. Me han gustado mucho las mujeres, como queriendo corregir a mi madre. Me he casado varias veces. Con la primera yo era virgen y duró más de veinte años. Había una disonancia: ella era mujer de un solo hombre, a diferencia mía. Me fui aburriendo con ella, a pesar de un hijo precioso. Yo me encargaba de él, ella estaba dedicada a su trabajo de actriz, que era su pasión. Yo hacía la cena y la esperaba, hasta tarde. Mi hijo me acompañaba a tomar unas cañas mientras esperábamos. Estábamos muy unidos. Ella venía a cenar tarde, frecuentemente con compañía que acababa de conocer.
Se fue de gira con Nuria Espert por varios países. Tardó en volver y yo me enredé en algunas aventuras. Un día me pilló en la cama con otra, pero se lo tomó bien, como un accidente de tráfico carnal.
Me fui a Gran Bretaña a estudiar inglés. Me acompañó al aeropuerto y cuando me disponía a pasar del control de policía me dijo algo me impactó: “te he acompañado hasta aquí, pero no se volver a casa sola”. Era en sentido figurado, claro, pero tenía una profundidad que capté. Subí al avión con lágrimas. Una larga etapa de mi vida terminó allí. Salir, salir, salir…
Aquel verano yo había aprobado todo. Mis padres habían alquilado un chalet en Prado Tornero, El Escorial. Yo me daba solitarios paseos, pero empezaron a verme como “rarito”, poco menos que marica.
Quería irme de allí. Subí a un tren de currantes españoles que estaba abarrotado, éramos diez o doce en un departamento para seis. Lo tomamos al asalto. Me bajé en la ciudad francesa de Tour, donde había una escuela para aprender francés y unas residencias baratas y permisivas. Aquella Francia era entonces bastante diferente de lo que había dejado atrás. Me gustó. Conocí a una francesita que andaba con su Velosolex. Tonteamos entonces sin mayor trascendencia.
Había un espectáculo de Luz y sonido en una localidad cercana. Me fui a verlo con un amiguete alemán que tenía un escarabajo. Mala suerte, diluvió. Completamente empapado volvimos a la residencia. Al día siguiente tenía fiebre y escalofríos. Me busqué un médico y me diagnosticó iridociclitis. No quiso cobrarme. Volví a España en un autobús bastante jodido. En Madrid me abrió la puerta mi padre y me fulminó con la mirada: me había dejado una incipiente barba. Pero no dijo nada.
Mi vida dio un vuelco: empecé Derecho en la Complutense. Podría decir que fue el comienzo de mi vida adulta, ¡tan distinta!
Derecho Romano, muy bien enseñado por un excelente catedrático, Ursicino Álvarez. Joaquín Ruiz Giménez me dio Derecho Natural. Un año más tarde me senté a su lado en la facultad de Periodismo, fue una experiencia curiosa. Le llamaban “Sor Intrépida”. Era un buen tipo en tiempos turbulentos, con los grises cargando a la puerta de la facultad.
Al decano de Derecho le rociaron con minio y demandó al ministro del ramo, Camilo Alonso Vega, llamado “Camulo”. Estaba en su despacho y presencié una tensa conversación. El decano tapó el teléfono con la mano y dijo: “señores, estoy hablando con una mula”. Eran tiempos muy divertidos.
Pronto pasamos más tiempo en el bar que en las aulas. Aprobé todo, no era difícil. Mi padre estaba muy ilusionado con mis estudios, pero pronto le dije que no pensaba ejercer de abogado, aquello no me atraía. Que quería estudiar Periodismo. Se escandalizo: es una profesión de “correveidiles”.
En tercero de Derecho empecé a Estudiar Periodismo en la facultad de al lado, llamada de la Iglesia. Pero terminé Derecho, sin esfuerzo. Tenía buena memoria, pero olvidada pronto lo aprendido.
Empecé a estudiar Psicología. Me encantó Antropología y para mi sorpresa el cura y profe me dio matricula. Le fui a ver y me dijo que mi esquema en dos folios le había ahorrado mucho tiempo. Odié Psicometría y Estadística. El coeficiente de Correlación de Pearson se me atragantó. Eran dos años y copié sin pudor de un compañero.
Vicente Romero me presentó a una amiga, Rosa María Utrilla, hija de un tendero del centro. Me encantó y encandiló.
Han pasado más de 40 años. Acabo de cumplir 80, pero me parece que han pasado varias vidas. Tal vez es así. Como en el poema de Borges, puedo hablar del largo cortejo “de mis humillaciones y fracasos”. Sigo aguardando en vano ante una mesa, pero ya no sé bien lo que aguardo. No temo a “la Pelona”, que dicen los mex. Llevo muchos años dando patadas en el culo de su huesudo trasero. Ella me desprecia y yo me río.
Puedo seguir muy largamente este testimonio, solo acabo de empezar.
Un extraño sesgo.
Me han encargado una charla en el ateneo de El Escorial. Sergio, que lleva el foro de psicología, me sugiere un tema difícil y tal vez por eso atractivo: El sesgo de la bondad. Es para después del verano, pero voy a ir adelantando aquí algo del contenido. Lo que escriba será para la gente que venga a la pequeña reunión del 18 de julio y le apetezca tener el texto y echarlo un vistazo.
Yo interpreto el sesgo de la bondad como la raíz de la ingenuidad y sus significados.
He sido un niño muy ingenuo, era muy fácil encandilarme. Mi hermano Ignacio y yo solo en ciertos fines de semana comíamos con nuestros padres, eran las costumbres de las familias acomodadas de Santander. Las mujeres del servicio y nuestra “seño” de compañía, Mila, nos contaban historias típicas de la zona, con especial protagonismo del “Lubu”. Por ejemplo: “Se me hizo tarde para volver a mi casa, era de noche. En una curva vi con terror dos ojos rojos y brillantes. Eché a correr. Cuando me reuní con mi familia tenía el pelo completamente blanco”.
Por la zona de Caín en los Picos de Europa hay todavía una amplia trampa para lobos, llamada “El Chorco de los Lobos”. Desde la espesura del bosque, una empalizada, que empieza allí, conduce a los supuestos lobos hasta un despeñadero. Una batida de campesinos y guardas peinan el bosque y con mucho ruido van empujando a las bestias hasta la trampa. Los matan con piedras y palos. No creo que subsistan muchos lobos en la zona, pero la trampa estaba allí cundo pasé por última vez hará unos diez años. Recuerdo que el lobo es hoy una especie protegida.
Lo del pelo blanco como consecuencia del encuentro con un lobo encaja en el sesgo de la bondad, que aquí interpreto como ingenuidad campesina e infantil. Lo tengo profundamente anclado en mi memoria. Es evidente que el pelo de una persona no cambia de color en unos minutos, por mucho miedo que pase. He sido un niño muy ingenuo, pero creo que esa circunstancia puede ayudar a entender el extraño mundo que nos ha tocado vivir: un “Chorco de lobos”.
(Continuará).
