Chalet El Tepeyac, construido por mi bisabuelo con el dinero que ganó en México con un poco de trafico de morenos. Ha nacido un niño que no llora. Un aña le dice a mi madre “señora, ese niño es agua mansa, la más peligrosa, cuidadito”.

Todo el mundo atiende a mi hermano Nacho, que berrea sin parar. A mí no me hacen caso. Ese detalle marcará mi vida.

El Tepeyac significa “el que está en lo alto” en lengua nahual. Está situado en El Sardinero, un lugar que les gusta a los bancos de sardinas. El tranvía que baja del Alto de Miranda toma allí una curva pronunciada. Un día descarrila. Mi madre y el servicio atienden a los heridos.

Es la aristocrática Avenida de los Infantes 69. Hay varios palacetes construidos por los indianos de Santander, que han regalado al rey una magnífica villa con un gran jardín y una cuadra para caballos. Muchos años más tarde viviré en la calle Infantes de El Escorial.

El niño que no llora será el ojito derecho de su madre, que le viste de niña y le llama “mi Micaelita”.

La casa es tan grande que mi abuela alquila la parte de arriba, con una gran terraza, a una familia de Santander.

Mi padre deja su coche Seat 1.500 en el garaje de la villa. Un día me pide que lo meta por la estrecha puerta. Y claro está, lo estrello. Me cargo un faro.

Mi familia tiene otra gran finca, Quinta Arroyo, con muchos árboles frutales y guardeses. Y un feroz mastín que soporta estoicamente mis diabluras. Mi abuelo toma su postre preferido directamente en la enorme higuera del patio.

En mi dormitorio veo pasar la luz del faro de Cabo Mayor, 5,3,3…Me apresto a dormir con esa caricia, un beso de plata. Ya no existe, el faro es ahora una sala de exposiciones.

Hay un merendero con una hermosa vista sobre la escarpada costa y a lo lejos, un nicho. Es la Tumba del Inglés, su caballo se desbocó desde el cercano hipódromo y el jinete trató de dominarlo sin sospechar la cercanía del abismo sobre el mar Cantábrico. Calló con el caballo.

En lo más alto hay una gran escultura, con la figura de un hombre que se aferra desesperadamente a las rocas. Es una gran mentira fascista, nunca nadie, de ningún bando, fue arrojado por allí. Debería haber una placa aclaratoria. El conjunto es obra de un escultor cántabro.

Durante la guerra civil Santander fue durante largo tiempo “Zona Roja”. Don Francisco no quiso nunca desembarcar en la cuidad, pero hacía que le subieran la sopa de pescado de El Peñuca. Aún se puede saborear en las humildes tabernas del barrio de pescadores. Prometo invitar a mi pareja Cristina a conocer toda la zona, muy cambiada, pero aún interesante, en un próximo viaje.