Nuestra foto de portada, a la izquierda, una impresionante vista aérea de los icónicos rascacielos de Shanghái bajo un cielo azul claro; a la derecha, vista aérea que muestra la histórica Torre del Tambor contra el moderno horizonte de Pekín, con su exuberante vegetación

Hace más de 30 años que China presume de ser un país comunista. Pero hagamos un poco de historia, ya que en su origen de lo que es hoy el llamado “gigante asiático” se debió al pragmatismo de Deng Xiaoping.

Tras la muerte del “Gran Mao” (Mao Zedong) China era un país empobrecido y fue en 1978 cuando Deng Xiaoping impulsó la conocida “Reforma y Apertura” que le permitiera salir de la pobreza extrema. De ahí que la manera de justificar tan importantes reformas se resumiera en una filosofía muy pragmática: “no importa que el gato sea blanco o negro, lo importante es que cace ratones”.

La realidad de los hechos del pasado comunista y pobre queda ahora muy distante. Más de 600 millones de personas viven en la pobreza, el 85% de esa cifra con menos de un dólar al día. Sin embargo, es el segundo país del mundo por su número de millonarios, solo por detrás de EEUU.

Es un país enorme, con 1.376 millones de habitantes, pero su sociedad es muy desigual.

Su coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, es muy alto, 0,614. Su renta per cápita es de 8.280 dólares. En comparación, la española es de 28.320, según Eurostat.

La distancia en vez de converger, se agranda con los años. ¿Qué diría Mao de estas realidades? Vería que realmente la paradoja del sistema chino existe, ya que como estado se define como “socialismo con características chinas” mientras alberga mercados hipercompetitivos y algunas de las mayores fortunas del mundo, que es una respuesta social y económica, también ideológica por ser pragmática, en un proceso que se iniciara a finales de la década de 1970.

Tampoco hay que olvidar cuál es la narrativa del Partido Comunista de China en referencia al capitalismo al que no considera el fin último, sino una fase intermedia necesaria. O sea, que, en realidad, hay una estrategia de fondo (típico de la antigüedad China en cuanto a saber esperar el tiempo adecuado para actuar que conforma su filosofía de vida), que señala que “para alcanzar el comunismo pleno primero hay que desarrollar las fuerzas productivas y generar riqueza masiva mediante el libre mercado, manteniendo siempre la dirección política en manos del Estado”. Como solemos decir: “blanco y en botella”.