Hay un lugar en la casa que pertenece, quizá más que ningún otro, a nuestra intimidad. Un espacio al que llegamos cuando el día termina y del que salimos cuando empieza uno nuevo.

El dormitorio no es solamente el lugar donde dormimos. Es también donde buscamos silencio, donde leemos unas páginas antes de apagar la luz, donde dejamos la ropa sobre una silla y donde, algunas mañanas, nos permitimos unos minutos más antes de levantarnos.

Es un espacio que cambia con nosotros. La luz de la mañana entra de una manera distinta a la del atardecer; las estaciones modifican su temperatura, sus colores y hasta la sensación que tenemos al entrar en él. En invierno buscamos refugio. En verano abrimos las ventanas y dejamos que la casa respire.

Y después está el mobiliario. La cama es, naturalmente, el centro del dormitorio, pero alrededor de ella se organiza todo lo demás: las mesillas, una cómoda, una butaca, una lámpara, quizá una pequeña mesa donde dejar un libro.

Entre todos estos elementos hay uno que suele ocupar mucho más espacio del que imaginamos: el armario.

Un buen armario no debería ser simplemente un lugar donde guardar ropa. Su diseño forma parte de la arquitectura del dormitorio. Su posición, sus dimensiones, la manera en que abre sus puertas y su relación con la cama y con las ventanas pueden hacer que una habitación resulte cómoda y ordenada o, por el contrario, pequeña y difícil de utilizar.

Por eso, cuando se proyecta un dormitorio, pensar en los armarios desde el principio es fundamental. Los armarios empotrados permiten aprovechar mejor las paredes y liberar espacio, mientras que una solución diseñada a medida puede adaptarse a rincones, encuentros y necesidades concretas. En ocasiones, incluso pueden integrarse visualmente con la arquitectura hasta desaparecer.

Y quizá ahí esté una de sus mayores virtudes: un buen armario es aquel que resuelve muchas cosas sin hacerse protagonista.

La arquitectura del dormitorio tiene que saber también desaparecer. Las proporciones, la orientación de la ventana, la entrada de luz, los materiales, el aislamiento acústico o la posibilidad de disponer los muebles con naturalidad son decisiones que quizá no percibamos conscientemente, pero que determinan cómo nos sentimos en ese espacio.

Están también los objetos: una fotografía, un libro, una manta, una lámpara. Pequeñas cosas que convierten un dormitorio en algo que no podría pertenecer a nadie más.

Porque una habitación puede estar perfectamente diseñada, pero es cuando alguien la habita, la transforma y deja en ella una parte de su vida, cuando realmente se convierte en dormitorio.

Porque quizá sea en el dormitorio donde la casa nos recuerda, cada noche, que también necesitamos un lugar para detenernos.

Félix Falcone

Arquitecto

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