Nuestra foto de portada corresponde a la pintura llamada “La destrucción de Sodoma y Gomorra (The destruction of Sodom and Gomorrah) realizada por el inglés John Martin en el año 1852. Está albergada en la colección de Lain Art Gallery de Newcastle upon Tyne en el Reino Unido.​

Al igual que a la mujer de Lot, que se convirtió en estatua de sal por mirar atrás, para contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra, algunos dirigentes y destacados políticos actuales ya rezuman sal por mirar hacia atrás y no hacia adelante, en estos tiempos de cambios fulgurantes y revolucionarios. En la Biblia, la esposa de Lot desobedeció una orden divina, aunque los ángeles advirtieron a la familia que huyera hacia las montañas y no mirara atrás. Al mirar hacia la ciudad en llamas, se convirtió en una estatua de sal simbolizando el peligro del apego a las riquezas materiales y a los estilos de vida inmorales, así como el castigo por desafiar los mandatos de Dios.

Uno de los principales aspirantes a estatuas, inmóviles y obcecados en el pasado, es Putin. Tiene el insensato propósito de intentar renacer la extinta Unión Soviética, una cárcel de pueblos inmensa y fosilizada.

El dirigente sabe que los rusos no perdonan a quienes pierden una guerra, no puede permitirse perder su enconado y empantanado conflicto con Ucrania, ya viejo de cinco años.

No pude prever la enconada resistencia ucraniana, no puede dar marcha atrás y sacar el pie de la mina que ha pisado y activado. Es un cadáver político que solo falta enterrar, pero no será tarea fácil ni corta.

La rivalidad histórica entre Rusia y Ucrania se remonta a siglos de dominación imperial, conflictos territoriales y disputas culturales. En el centro del conflicto está la narrativa rusa sobre un «pueblo único» y la firme determinación ucraniana de consolidar su identidad nacional soberana, su idioma propio y su independencia política frente a Moscú. Sin duda persisten aún las raíces medievales e imperiales ya que ambas naciones comparten un origen común en el Rus de Kiev (siglos IX al XIII), un estado medieval eslavo. Sin embargo, tras la caída de este, sus caminos se separaron.

Durante el Imperio Ruso, Ucrania fue progresivamente absorbida y rusificada. Se intentó suprimir el idioma ucraniano y se consideraba a Ucrania simplemente como «Pequeña Rusia». Las aspiraciones independentistas fueron duramente reprimidas por el zarismo y, posteriormente, tras la revolución bolchevique de 1917, por la Unión Soviética.

A veces en la historia ha sucedido, y seguramente volverá a suceder, que un pueblo que ha sido perseguido y masacrado, se convierte en verdugo de otros. Es ahora el caso de Israel, una de las naciones eminentes de la historia. Netanyahu es el actual líder del disparate, con el apoyo de las facciones más retardatarias del gran pueblo hebreo, al que debemos no pocas luces, logros y avances. Pero ahora navega en contra del sentido de la historia. Ojalá rectifique a tiempo.

El otro ejemplo destacado en Estados Unidos, durante años luminaria de Occidente desde la Segunda Guerra Mundial, que ahora un obtuso y necio presidente se ha empeñado en hacer irrelevante otra vez y lleva camino de conseguirlo. Las inminentes elecciones de medio mandato podrán ser tal vez un punto de inflexión y aviso en esta deriva hacia el abismo.

Podríamos continuar, pues la actualidad está desgraciadamente sembrada de sal, pero solo necesitamos permanecer atentos a los noticiarios verdaderamente independientes.