Nuestra foto de portada, a la derecha, acogedora calle suiza en Lucerna con banderas, arquitectura y exuberantes colinas bajo un cielo brillante; a la izquierda, vista pintoresca del pueblo de Göschenen con un puente, río y montañas nevadas en otoño que se encuentra en el sur del cantón de Uri, en el corazón de los Alpes suizos.

Los viajes han sido una parte medular de mi vida, no tan solo el producto de unas vacaciones o de mi inquietud. Voy a intentar la difícil tarea de expresar de alguna manera lo que han significado en mi vida.

Tendría unos nueve o diez años cuando acompañé a mi madre, a mi hermano Fernando y a la mujer de José Hierro, a Suiza en el coche con mi madre conduciendo.

Fuimos a Affolten, en la parte alemana de Suiza, donde había un hospital especializado en muchachos que habían padecido polio y tenían secuelas. El país helvético se divide en cuatro regiones lingüísticas principales, correspondientes a sus cuatro idiomas nacionales reconocidos por la Constitución, que corresponde a la germano-hablante, que es la zona más extensa del país, abarcando el norte, el centro y el este (presente de forma predominante en 19 de los 26 cantones) y es hablado por aproximadamente el 62% de la población; la Suiza francófona o Romandie, que se sitúa al oeste del país, siendo la lengua principal en los cantones de Ginebra, Vaud, Neuchâtel y Jura, hablándolo cerca del 23% de la población; la Suiza de habla italiana que se concentra en el sur, principalmente en el cantón del Tesino y en algunos valles del sur de los Grisones, representando en torno al 8% de la población. Y un dato a tener en cuenta: en 1965 había 55.000 españoles trabajando en este país.

Cuando nos disponíamos a volver a España, le dije a mi madre que quería quedarme en Suiza. Ella se sorprendió y me advirtió que la única posibilidad era de pinche de cocina en una hostelería que tenían en Montreux unos parientes de los dueños de la casa donde nos alojábamos.

Sin sueldo, solo las propinas y medio día libre a la semana. Que no podía darme un céntimo. No lo dudé.

El plato de recuerdo que gané trabajando en Suiza que un cliente de la hostelería nos regaló a cada trabajador

Cuando me dejó en la puerta del establecimiento estaba un tanto acojonado. Tenía que bajar andando por el bosque y volver de la misma manera sin comer. La primera propina era un pequeño plato de recuerdo que aún conservo.

Volví a España en un autobús de emigrantes. El lago Leman fue mi mejor recuerdo. Aquella Suiza era brutalmente distinta de España.  

Siempre me ha gustado viajar donde no van turistas. Los sitios un tanto insólitos y solitarios me han atraído enormemente. Suelen guardar alguna esencia del pasado y del mundo que habitamos.

Un ejemplo: me dijeron que había un caravanserai en Uzbekistán que se conservaba como en tiempos de Marco Polo. Un caravanserai (o caravasar) en Uzbekistán era una antigua posada fortificada al borde de la carretera que servía de refugio para los comerciantes y peregrinos mientras recorrían la histórica Ruta de la Seda.

Llegué allí con un calor brutal. Estaba en medio de la nada, con su refugio para los hombres y otro para los animales.

Me dijeron que no muy lejos estaba la tumba de Tamerlán. La encontré, modesta, en el desierto de los tártaros. Los rusos la estudiaron y comprobaron que el cadáver correspondía con un cojo, como era el caudillo. Había una advertencia que me tradujeron: terrible desgracia a quien profanara el cadáver. Por aquellos días, Hitler atacó Rusia.

Tamerlán tenía una crueldad muy propia de los asiáticos: tomó una ciudad amurallada y mandó despellejar vivos a todas las mujeres y los niños y decorar con las pieles las murallas. Me pareció escuchar los horrorizados gritos. No es lo mismo que visitar Benidorm. ¿Me comprenden? Me consolé con media botellita de vodka.

En algunos lugares como el mencionado, tal vez he entendido algo de lo que significa la vida del Homo Sapiens, que es “corta, pobre y triste”. Algo hicimos mal y nos desterraron a un lejano planeta, en una perdida galaxia, “una mota de polvo flotando en el espacio”, como la describió Carl Sagan.

Viajo con el difícil intento de entender algo.

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