En la foto de la izquierda, el Sáhara de Argelia, también llamado desierto de Argelia ocupa más del 80% del territorio argelino; en la de la derecha, una de las tantas escenas de los bosques patagónicos que están dominados por especies del género Nothofagus, destacando la lenga, que es el árbol más icónico y con mayor distribución, adaptado a condiciones extremas de frío y viento y el coihue, de gran tamaño y muy común en zonas húmedas.
Otro viaje, este por el Sahara. Salimos con unos tuaregs, desde Tamanraset (1), al sur de Argelia.
Cuando atardecía pararon para la oración. Queríamos llegar a la ermita del Padre Focoult (2), en lo alto de una colina.
Pasamos bastante frío, pero el amanecer fue increíble, la arena brillaba muy roja sobre una gran extensión de desierto moteado de rocas carcomidas por el viento.
Los dos conductores, completamente tapados por sus turbantes y pañuelos, mataron una cabra y se pusieron a asarla en un hoyo en el suelo.
Esperamos pacientemente con ayuda de dos botellas de vino que trajimos. Nos pidieron que nos alejáramos de allí, decían que el olor del alcohol les enervaba. Maite y Marco se alejaron para explorar, pero no mucho porque la oscuridad impresionaba.
Vimos escorpiones por el suelo, pero nos dijeron que eran grandes, poco venenosos. El lugar se llamaba Tin Akachaquer. Las rocas eran de una rara belleza. Había un pequeño altar y alguien celebró una misa en francés.
Por la mañana, los tuaregs escarbaron junto a unas piedras y sacaron varias puntas de flecha que nos guardamos. Nos contaron que era un territorio de caza, que aquella zona había estado inundada hacía muchos años. Era un curioso contraste.
Una chica se alejó para evidentes necesidades fisiológicas y volvió asustada, dijo que había visto una hiena. Las chicas se quejaban de que ahora tenían muchas más restricciones, que los islamistas ganaban poder y algunas proyectaban emigrar a Francia. Eran jóvenes cultas, pero solo hablaban francés. ¡Que habrá sido de ellas!
En la Patagonia chilena (3)
Hacía poco que salíamos Maite Cabello y yo. No sé cómo acabamos en la Patagonia chilena.
Un taxi nos llevó hasta un lago en el que desembocaba un glaciar. Parecía un lugar que se había escapado del mundo. Grandes trozos de hielo del glaciar flotaban hasta la orilla, ligeramente verdosos.
Maite se metió en la orilla. Tengo la foto. Había bastantes árboles totalmente inclinados hacia un lado, pero no había viento, estaban como fosilizados. ¡Era irreal!
Al fondo se veían cumbres heladas. En una cueva habían puesto la reproducción de un perezoso gigante extinto.
Nos contaron que había en tiempos aún cercanos una megafauna que se extinguió rápidamente por la caza.
Los animales no huían de los cazadores. Un ejemplo palmario de la estupidez humana.
Cerca había un bosque de arrayanes (4), una rareza con troncos amarillos, en otras latitudes son simples arbustos. Todo era muy solitario y grandioso.
Nos contaron que unos emigrantes europeos buscaban un sitio para establecerse y finalmente lo hicieron en la orilla de un fiordo. Al poco tiempo estaban todos muertos. ¡Pocas bromas con la Patagonia!
