Con dos de mis libros: “No ganan los buenos” y “Cuentos cuánticos”
Dentro de unos cuantos días cumpliré la redonda cifra de 80. ¿Qué siento? Gratitud de estar vivo, en primer lugar.
Pienso que no era fácil. Me he cuidado poco, me he arriesgado más de lo razonable.
Me gustaba salir a nadar hasta ver la playa a lo lejos. Una vez me vino a buscar la lancha de salvamento, pensando que estaba en peligro. Estaba en Ayamonte, en Huelva.
Me cansé bastante y al volver a nuestra urbanización conduciendo perdí por un momento el sentido y me desmayé. Me estrellé contra una palmera, despacito. No pasó nada, salvo un susto grande de mis tres pasajeros, que iban dormidos.
No recuerdo esas y otras vacaciones en el mismo lugar con agrado ni nostalgia, sin entrar en detalles. La persona que rememoro con mayor agrado de aquella etapa está muerta.
La enterré bajo un pino, junto al mar. Y regalé mi parte de la buena casa que compramos con la mujer con la que me había casado. Lo sigo lamentando.
Solo tenía algo de sentido cuando bajaba del brazo de su padre a la orilla del Mediterráneo hasta donde nos aguardaba la concejala del ayuntamiento para casarnos.
Dentro de poco me casaré con la mujer que amo profundamente y no será al borde del mar. ¡Laus Deo!
El mar no me ha sido propicio. Nací en una mansión que ya no existe, llamada “El Tepeyac” (“La que está en lo alto”, en lengua nahual (1)).
Y vivo en una casa que está en lo alto, con una gran vista al valle de Guadarrama.
En el bosquecillo que está en el valle merodean varios lobos, según leo en “El Correo de Abantos”. Nací en una calle llamada Infantes y vivo en la calle Infantes, a 800 kilómetros de la primera.
Los amaneceres en el valle son espectaculares, podemos contemplarlos desde la cama, junto al caliente cuerpo dormido de mi mujer.
Pienso en las constantes de mi ajetreada vida: los viajes me han marcado y mucho. Cuanto más lejos, mejor. Al otro lado del mundo, cerca de la Antártida, probé la centolla austral y me prometí a mí mismo volver a degustarla algún día.
