Le veía entrar al café casi todos los días. Era penoso o milagroso, según el punto de vista. Estaba muy mayor, cojo y medio ciego. Su sonrisa iluminaba el sórdido sótano con humo.

Saludaba a todo el mundo, pedía un té con leche y ojeaba el diario puesto a disposición de los clientes.

Un día me atreví a preguntarle y me contestó enseguida casi con alborozo. Estaba viudo desde hacía cerca de 15 años.

“Ella me dejó la mejor herencia, la alegría, me dijo. “Yo fui muy feliz con ella, me parecía una traición estar triste”, me dijo. “El algún lugar o tal vez en un no lugar, me está esperando”, me dijo.

“Cuando me meto en la cama, me arropo bien con las sábanas y su olor, y la siento a mi lado. No tengo prisa. Ninguna prisa”, me dijo.

“Cojo su huesuda mano fría y charlamos, igual que hacíamos cuando estaba conmigo. Hasta el amanecer. Es curioso como los sueños se mezclan con las lágrimas, son de alegría, lo juro”.

Tal vez no era el hombre más feliz del mundo, pero sin ninguna duda estaba entre los pocos viudos felices que hay en el universo. No es fácil unir esas dos condiciones.

Él transitaba entre dos realidades como quien pasea en un jardín florido y apacible. Su sonrisa de niña buena se había quedado dibujada en su cara con el trazo de un pintor impresionista.

Entonces él dijo en voz alta “te quiero”. No había nadie a su lado.