Las élites extractivas, concepto clave de Daron Acemoglu y James Robinson en “¿Por qué fracasan los países?” son grupos de poder que diseñan instituciones políticas y económicas para expropiar riqueza de la mayoría en su propio beneficio, frenando el desarrollo a largo plazo, la innovación y la prosperidad general.
Ahora podemos comprobar que estas elites están acumulando un poder e influencia creciente. La riqueza se está concentrando a velocidad prodigiosa en pocas manos, que dificultan todo lo que pueden las iniciativas que ellos consideran que pueden amenazar su poder.
Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, destaca en unas recientes declaraciones, que el 50% de la población mundial solo ha recibido un 1% de toda la riqueza creada en los últimos 25 años.
“La ideología de los millonarios tiene un grado de egoísmo alucinante”. Se ha ido creando una plutocracia hereditaria. “No podemos permitir que solo los ricos controlen los medios de comunicación. Europa necesita crear su propio sistema mediático”, dice.
Las muy modestas iniciativas, como el impuesto al patrimonio vigente en Noruega de gravar con el 2% anual a los patrimonios y las fortunas que sobrepasen los cien millones de euros, está tropezando con enormes dificultades. Han logrado parar en Francia una iniciativa parecida.
Alcanzaría para financiar una prestación universal de crianza de más de 200 euros por hijo, logrando una mejora del 5% en el índice de desigualdad de Gini.
Hay que tener en cuenta que aproximadamente el 1,1% de la población adulta mundial controla alrededor del 45,8%de la riqueza global. Este pequeño grupo representa a unos 59,4 millones de personas, mayoritariamente millonarios, quienes poseen más de $208 billones de dólares en activos.
La riqueza fluye donde menos impuestos se pagan y más rentabilidad obtienen.
Mientras las clases medias y bajas sostienen las infraestructuras nacionales con su tributación, los grandes patrimonios gestionan sus fortunas como una esfera autónoma, casi inmunes a las reglas democráticas. Además, ya no se acumulan principalmente a través de la producción y el comercio, sino del control de plataformas, datos e intangibles.
El control de los recursos planetarios está condicionado cada vez más por estas nuevas circunstancias.
Necesitamos con urgencia un nuevo pacto social planetario que reequilibre el poder económico con el bien común. ¿En qué consiste? En una propuesta urgente y transformadora que busca establecer un nuevo acuerdo global entre la humanidad y la naturaleza, superando el modelo actual de desarrollo que ha demostrado ser insostenible y generador de profundas desigualdades. Este concepto representa una alianza para salvar la vida en la Tierra y la biosfera ante crisis como el cambio climático y la destrucción ecológica.
