Ya lo sospechaba, pero algunas lecturas recientes y mi experiencia lo están corroborando. Por ejemplo, “Cafés con el diablo”, notable libro del periodista Vicente Romero, narra un caso que me parece significativo. Un torturador al que entrevista Romero cuenta que se siente culpable de la muerte absurda de su único hijo, ahogado en su bañera.

Este libro es lectura obligada para aquellos amantes de nuestra historia reciente política mundial de los últimos cincuenta años en los que se refleja el horror de los delitos de lesa humanidad cometidos en escenarios políticos tan distintos como las tiranías del Cono Sur de América, la barbarie yanqui en Vietnam, las luchas políticas de América Central o los crímenes de llamada «guerra contra el terrorismo».

Ese torturador sobre el que hace el relato lo ha vivido como un castigo de Dios o del destino. No se lo puede quitar de su cabeza, aunque parece contra toda lógica.

Siempre me ha parecido que, si eres una persona bondadosa, irradias de alguna forma esa bondad. Y lo contrario. No es una correlación matemática, ni mucho menos, pero la sombra al menos de esa asociación está en el aire.

¿Por qué se tira por el hueco de la escalera Primo Levi, tras cumplir con su deber de dar testimonio del horror que vivió en un campo de concentración y exterminio?

Observa lo que irradias y saca tus propias conclusiones. Así de fácil o de difícil.