Esta hermosa y delicada descripción de la belleza pertenece a nuestra contribuidora en temas de arquitectura, diseño, urbanismo y vivienda, Cristina García-Rosales, ya que reúne el arte de la descripción literaria (es escritora) con la visión e imaginación de las formas, espacios y dimensiones (la concepción de las cosas con la mirada arquitectónica).

«La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes»

(Antonio Gamoneda, poeta leonés)

En épocas de crisis y de palabras vacías, la belleza es un atributo que algunos consideran superfluo.

Otros ya lo han apartado como un término banal, desarrollando -en los últimos tiempos- una estética kitch, de índole Disney o considerándola como una fórmula para satisfacer a la «mayoría» (hortera, se supone), acepción equivocada y equívoca, ya que se entrega a esa mayoría una cualidad que no le pertenece.

La mayoría, por el contrario, ama la belleza, tanto la interior de las personas como la exterior (reflejo de la primera). Y en la arquitectura ocurre lo mismo.

Tanto la estética  «glamurosa y lujosa«, de planos imposibles o de materiales de altísimo coste y no necesariamente buenos, bellos o sostenibles, como la estética «costumbrista» o simplemente fea, está atragantando a la población que  requiere una vivienda digna y bella. Dentro de su sencillez.

Unas bonitas vistas. Un cocina cómoda. Una pintura blanca. O un cuarto con un suelo de madera donde los niños puedan jugar. Espacios para el descanso, para el ocio y para la íntimidad.

En la ciudad, lugares públicos, donde el ciudadano pueda desarrollar su esencia lúdica, participativa y cotidiana. Espacios para reconocerse y ser reconocidos. Y sentirse bien.

No nos conformemos. Los colectivos emergentes que están abogando por una nueva forma de entender el espacio, tanto el público como el privado, también están comprendiendo que en los últimos tiempos -propios de un urbanismo descontrolado y dirigido a conseguir las mayores ganancias económicas-, y apuestan por una estética ligada a la participación colectiva.

La arquitectura ha de ser buena, bella y útil. Los tres principios de Vitrubio, arquitecto renacentista italiano: “firmitas”, “venustas” y “utilitas”.

No se puede entender la belleza, por tanto, como un “valor añadido” sino como un atributo esencial de las cosas, de los espacios, de las fachadas, de las ciudades y de la vida

Cristina García-Rosales

Arquitecta y Escritora
San Lorenzo de El Escorial

(Julio 2026)