Impresionante vista aérea de la playa de El Sardinero en Santander, España, con su vibrante litoral y arquitectura urbana

Muchos me dicen que este sitio debe denominarse “Testimonios”, porque mediaticsnews se asocia directamente a los medios de comunicación y al periodismo en general. Pero es que la gran cantidad de testimonios que he ido recogiendo a lo largo de mi vida, fueron muchos ex –ante de mi etapa como periodista profesional, pero la gran mayoría fueron ex –post de esta hermosa carrera que informa, busca la verdad y también rescata relatos que son los que nos dan vida… que nos animan a ser mejores. Miguel Ormaetxea. El Escorial, agosto de 2026

Hacemos un salto de muchos, muchos años. Estamos todos en la casa familiar de El Tepeyac, construida por mi bisabuelo en una de las mejores zonas de El Sardinero. Se llamaba así porque por allí solían recalar las sardinas y los barcos de pesca se acercaban a por ellas.

Mi abuela Rosario la vendió por cuatro millones de pesetas y hoy hay un edificio de pisos elegantes. Estaba en la arteria principal de la zona, la Avenida de los Infantes 69.

El tranvía que bajaba del Alto de Miranda tomaba allí una curva pronunciada y un día, antes de mi nacimiento, el tranvía descarriló. Mi madre y todo el servicio salió a socorrer a los heridos.

Al lado de El Tepeyac había una pequeña colonia de chalets, llamados de Prieto Lavín por su constructor. Se alquilaban preferentemente durante el verano. Allí veraneaban los Aznar, siete hijos maternalmente pastoreados por la madre, una mujer encantadora que vigilaba al rebaño sin hacerse muy presente, con un caniche en los brazos.

Su marido trabajaba en Madrid como funcionario del Ministerio de Agricultura. Alrededor de los Aznar se montaba cada verano una amplia pandilla de chicos y chicas jóvenes, de varias familias. Ellos fueron mi norte y mi guía de muchos veranos. Les debo algunos de los mejores momentos de mi juventud.

La segunda hija de los Aznar era de más o menos mi edad, Mari Carmen. Me sentía un poco cohibido por su presencia, pero ella no parecía darme cancha. Años más tarde me confesó que yo le gustaba, pero ya era tarde para mí, lástima.

Un día que no olvidaré fuimos en amplia pandilla a una de las excursiones obligadas del verano: La Virgen del Mar, una pequeña capilla pegada a la costa. Unos jóvenes que hacían la mili practicaban tiro con su cetme contra unas latas y, en un acto perfectamente irresponsable, mi invitaron a practicar tiro con ellos. Por supuesto, fallé estrepitosamente.

Al lado se abría una ancha hondonada, que bajaba en picado. Se nos ocurrió bajarla en parejas corriendo alborozados y tirarnos al final por el césped. Yo bajé con Mari Carmen y los dos rodamos de la mano al final. Aún siento su joven cuerpo pegado al mío apenas un segundo antes de levantarnos.

Las bicicletas formaban parte de uniforme veraniego, todos teníamos una. Mi hermano Nacho manejaba la suya con notable destreza. Esa circunstancia determinó la idea de mis padres de animarle a matricularse en la escuela de vuelo de Salamanca. Hizo carrera: se jubiló como comandante de Iberia. Ya retirado, con dos villas propias en Mallorca, sin hijos, me confesó un día en mi casa que su verdadera vocación era ser decorador. ¡Qué cosas!

Se casó en México con una azafata que hizo mucha amistad con mi madre. ¡Pilarcita pobrecita!, decía siempre mi madre, consciente de que mi hermano tenía una vena muy poco feminista. Ella organizó y acompañó a mi madre a un viaje a Japón, las dos solas. Flora lo recordó siempre con fervor y enorme agradecimiento. Yo también te agradezco Pilar.

Todos tenemos problemas

Me licencié en Derecho sin especial esfuerzo. Luego estudié Psicología como posgrado, dos años, especialidad Clínica. El primer año, el profesor nos dijo: “ustedes creen que están aquí por vocación, pero se engañan, todos ustedes están aquí porque tienen problemas con su psicología y creen ilusionadamente que aquí podemos ayudarles. Se engañan”.

Luego estudié Periodismo y mi padre dijo cuando se lo conté: “esa es una profesión sin prestigio, de “correveydiles”. Y aquí estoy contando cuentos verdaderos.