Voy a empezar por el recuerdo más antiguo que aún pervive en mi cerebro: un niño muy pequeño que entra en los aposentos aledaños a la cocina en el enorme piso de la calle Calvo Sotelo de Santander.
Hay una chica muy joven que no había visto nunca. Tiene una trenza castaña muy larga, o tal vez a mí me lo parece. Una extraña pulsión se apodera de mi precoz mente infantil y tiro suavemente de su trenza. Ella se vuelve sin sorpresa, sin ninguna muestra de enfado. Mira al niño y sonríe.
Esa mirada marcará mi vida para siempre: ha empezado mi larga, tortuosa, vital y arrebatada, relación con las mujeres. Como si hubiera pulsado el badajo de una campana: hasta hoy: un tiempo sin orillas.
Retiembla con una vibración telúrica y llega hasta esta habitación remota en otro mundo, en otro planeta. Tal vez todo está conectado.
El cuerpo de una mujer será para ese niño, para ese adulto, para ese anciano, el mismo mapa del tesoro, enterrado en una remota e inalcanzable playa de oro.
El agua de esa clepsidra ya nunca apagará esa sed, sin tiempo ni fronteras. Todos los deseos es ese deseo. Todos los viajes es ese viaje a ninguna parte. O a todos los parajes remotos estarán en esa cuneta donde ella se tiende y ofrece su joven cuerpo virginal.
Él no sabe qué le pasa, su vida se ha detenido en ese rincón del mundo, al lado de un solitario camino sin testigos. Ya nunca más será inocente. Sabe que hasta el mismo día de su último día evocará sin nombrarlo aquel cuerpo, bajo el árbol de deseo que no puede cumplirse.
Todos los fuegos el fuego. Pero no sabe que ese fuego arde sin llama, sin destino, sin consumir otra cosa que una burbuja que ha creado su mente para siempre peregrina.
(Continuará).
