Nuestra foto de portada es una vista del antiguo Coliseo en Roma con turistas explorando el monumento histórico

Los viajes han sido y son definitorios de mi vida, no la entiendo sin un ansia sin límite de conocer el mundo.

Un día me dio por contar los países en los que había estado y me salieron más de 60. Pero no es el número lo definitorio, ni mucho menos.

Hace tiempo que viajo por sitios raros, poco conocidos, tal vez porque siento que en ellos estoy lejos de casa y eso me reconforta, no sé muy bien por qué.

Cuando llego a un país que no sabía ni que existía entro en un espacio incierto, mi mente parece alargarse para tratar de entender algo del nuevo espacio.

Voy a poner un ejemplo, para ver si me aclaro. Una vez hace muchos años cerca de Benarés, en la India, me sumergí en una apretada multitud que me absorbió y me arrastró sin remedio. No opuse ningún tipo de resistencia, me sentía a gusto.

A escasos centímetros de mi cara otros rostros me miraban sin especial curiosidad, con esa forma de mirar oriental que de alguna forma se entrega, sin interrogarte.

Acepta al extraño tal vez porque tiene muy arraigada, en lo más profundo de su ser, la idea, mucho más que una idea tal vez, de que todos somos extranjeros de nosotros mismos.

Como si nadáramos en otra dimensión, en aguas serenas sin destino. O el único destino es el mar, no un océano concreto sino algo que está al final, o tal vez al principio, esperándonos sin prisa ni propósito. No sentía ningún temor, no siquiera curiosidad, todo estaba bien o simplemente estaba. Punto.

La otra esquina de la pequeña habitación en la que me encuentro ahora mismo puede ser eso que llamamos el extranjero, aunque pueda tocarla estirando una mano. No hay diferencia. El viajero inmóvil. Al fin.